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Mi vecino es Esperanza Magaz es la señora de Navas
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Miércoles, 15 de Agosto de 2007 15:06

Esperanza Magaz es la señora de Navas

Un venezolano le robó el corazón y lo siguió hasta Caracas, mientras que fue una amiga quien la convenció de mudarse a El Cafetal

 

María Alejandra Berroterán
Foto: Rodrigo Suárez

 

mivecinaes23_detalleComo toda dama de televisión, Esperanza Magaz está parada sonriente y serena en medio de la escalera del salón de su casa. Recibe a sus invitados –dos jóvenes periodistas– con cordialidad de abuela y de estrella acostumbrada a tratar con la prensa.
Esperanza llegó a Venezuela en 1953 siguiendo a su enamorado. Ella era una actriz reconocida en su Cuba natal y las revistas antillanas que reseñaban su éxito llegaban a Venezuela. En una de ellas la vio su futuro esposo y le mandó una carta. La señora de Navas saca un álbum y muestra la foto en cuestión para explicar el flechazo: “mírame qué bella era”, dice al mostrarse en pantalones cortos y sandalias de tacón.
El romance fue por correspondencia, hasta que “él fue a ver la Serie del Caribe en febrero, que fue cuando nos vimos. Nos casamos en diciembre”. Se casó “con un poder” pues el novio no pudo ir a Cuba: su mamá estaba enferma. “Mandó a un amigo en su nombre, un señor casado y con hijos firmó por él en el registro”. Tres días después llegó a Caracas, un 24 de diciembre de 1953. “Navidad, recién casada y en un país extraño. No conocía a nadie, sólo a él”, comenta.

De La Habana a El Cafetal
Vive en Los Pomelos desde hace 36 años, porque una amiga la sonsacó. “Yo vivía en Quinta Crespo porque trabajaba en RCTV. Ensayaba, iba a mi casa a descansar y regresaba para el programa en vivo. Pero América Alonso me dijo que estaban vendiendo baratísima una parcela un poco más arriba de El Cafetal. Ella tenía una y así seríamos vecinas”.
Compró la casa –a la que bautizó San Lázaro, pues es devota de este santo– y la personalizó: una terraza, un jardín y un patio con flores, un kiosco para las parrillas y los encuentros familiares. Cuando llegó a El Cafetal no existía Santa Paula, Los Naranjos ni Plaza Las Américas. “Allí había un espacio que los domingos servía para pilotar aviones de control remoto. Venían los matrimonios con sus hijos, era muy bonito”, dice con añoranza. Pero también está contenta con los avances de la zona. “Es buenísimo tener una farmacia cerca y tiendas variadas. Antes la más cercana quedaba en el Centro Comercial Caurimare”, explicó.

Domingos en San Lázaro
La abuela Esperanza sabe que los fines de semana sus nietos y su hijo le harán compañía. “Vienen a lavar los carros, a bañar el perro, a pasar el rato. Mi nieto Guillermo a veces viene solamente a acostarse en la hamaca de la terraza o se aparece con sus amigos para visitarme”, narra con dulzura y cierto aire de complicidad. Tiene otra hija y otro nieto, pero ellos viven en Austin, Texas, y los ve con menos frecuencia.
San Lázaro es el refugio que Esperanza ha construido durante años de esfuerzo y en el que vive con su asistenta del hogar. La casa se siente un poco vacía porque su marido murió hace 16 meses. “De viejo. Le dio por no moverse más y, bueno, los músculos se atrofian. Sencillamente una tarde murió en su silla de ruedas”, cuenta con tranquilidad.
Ella, en cambio, es toda vitalidad. No usa lentes y lee las letras pequeñas del periódico, sube y baja las escaleras, maneja, hace diligencias, y se mantiene dispuesta para las grabaciones que sean necesarias. También se reúne con las amigas para jugar cartas. “Telefunken, dos veces a la semana. Somos 8 ó 9. Pero si es un cumpleaños u otra celebración, ponemos tres mesas de juego”, especifica.

El álbum de mi cabeza
Conversar con doña Esperanza Magaz es escuchar la narración en primera persona de la historia de la televisión venezolana. Aunque se le olvidan algunas fechas y lugares, las caras no. “Este es el esposo de Doris (Wells), aquí está Orangel Delfín –¿sabes quién es?–, esta foto es de cuando Yolanda Méndez y yo bailamos en De fiesta con Venevisión, ésta es con Rafael Briceño un diciembre antes de casarme”, señala mientras hojea uno de los tres gruesos álbumes en que guarda recuerdos gráficos.
Caras jovencísimas de Joaquín Riviera y Caridad Canelón se alternan con otras más familiares: la graduación de bachiller de su nieto Guillermo, su hijo junto al arbolito, el perro Bongo, una imagen coloreada con su esposo. Y una foto en la que nada le envidia a Vivian Leight o Rita Hayworth. “La edad hace estragos, pero yo era bella”, dice con picardía.

Esperanza en la calle

Su talento es lo que los abogados llamarían “algo público y notorio”: a la vista de varias generaciones de venezolanos (y ciudadanos de muchas otras naciones en las que se transmiten sus telenovelas), Esperanza Magaz ha desarrollado muchos papeles. “A mí me gusta hacer de andrajosa, de mujer sencilla. No hay que pasar tantas horas en maquillaje”, dice sonriendo la abuela de la legendaria Kassandra, quien confiesa que la encontramos arregladita porque venía del odontólogo: “prefiero siempre la comodidad”.
También ha enamorado oyentes de radionovelas. Así empezó su carrera y ha vuelto a este medio. “Ahora hago unas novelas cortas para El universo del espectáculo; generalmente soy la narradora, pero hago de todo”.
Sabe que es una estrella, y lo recuerda cada vez que sale. Le gritan en la calle, y ella saluda con calma. “Les digo ‘mi amor’ a toditos, porque a veces no me acuerdo de los nombres. Otras veces ellos mismos me dicen ‘tú no me conoces, pero me encantaba tu papel en tal novela’. Y cuando voy a los canales es muy agradable. Los compañeros de trabajo son únicos. Me hacen falta”.
La actriz volverá a RCTV pues ya le ofrecieron un papel en el nuevo dramático, pero también se le verá en cine porque ya filmó la película Señor Presidente. Mientras tanto escoge su vestuario para su próxima aparición en público: la graduación de bachiller de su nieta Lorena.
 
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